Amistad de verano

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Me diste las palabras justas en el momento que más las necesitaba. No querías verme mal y te interesaste en escucharme. Me hiciste imponer ante los mal pensados, ante los habladores envidiosos, porque ni tú ni yo somos diferentes. Me hiciste hablar, aunque tenía tanto miedo de contar lo que me pasaba.

Parecía mentira, me hiciste dudar de tu existencia. No sé si eras real o solo un invento de mi mente, que estaba proyectando en ti a alguien que necesitaba. Pero ahí estabas, parado frente a mí, dispuesto a ser ese hermano que nunca tuve.

Pero llegó el día en el que te vi, con una maleta en tu mano, listo para partir. Debí encogerme de hombros y dejar ese egoísmo de querer tenerte para siempre. Tenía que haberlo supuesto, era demasiado bueno para durar, para ser totalmente cierto. Pero tu sencillez se había convertido en mi razón de vivir sin dolor.

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No voy a llorar, porque sé que es para tu bien. No te voy a reclamar nada, porque no soy lo suficientemente fuerte como hacerlo y entender que no tenés ninguna obligación de cumplir con mis reclamos.

No voy a aullar a los cuatro vientos, no voy a vender todo tu desdén, y aunque las heridas siguen doliendo, no hay rencor y el tiempo las sabrá curar. Lo tengo por sentado. Quisiera colgarme al ras de ti, pero me volvería loco. Lloré estrellas en el mar.

No sé si sufrir más, me hará cambiar. Sé que no debí, depender tanto de ti, pero siempre estabas ahí, nunca me negaste nada. Quizás también fue tu culpa, sabiendo que te tenías que ir. La culpa es compartida, como cada uno de los sentimientos generados.

Te quise, te quiero, pero ahora espero poder dejar de hacerlo, al menos hasta el próximo verano.