Ayer te vi

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Mis ojos brillaron al verte, nuestras miradas se cruzaron y ahí noté la primera señal de indiferencia. Seguí con la mirada tu andar elegante. Tenías que cruzarte conmigo, no te quedó otra que saludarme.

Sentí tu piel, esa misma que solía comenzar cosquilleos en todo mi ser. “Un hola, ¿cómo estás?” fue suficiente para producir esa sensación de entrega total. Si me decías “vamos” yo iba sin importarme todo lo que podía perderme.

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Pero traías sombras que la penumbra del boliche parecía ser nada. No te importó mi respuesta, el saludo fue de compromiso, como quien saluda a conocidos que nunca fueron nada significante.

Me dolió tanto. Me provocó bastante nostalgia por lo que pudo haber sido la otra noche. Lo sé, me lo merezco por histérico. Me pagaste con la misma moneda. Y ya es tarde para arreglarlo todo.

Yo sentí que un candil segó su llama para siempre para mí.