El último rezo

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El pobre idiota me disparó tres veces, pero al ver que seguía avanzando intento huir lloriqueando. Esa 9 mm, lujosa, lustrada, nueva, no tenía lo que tiene que tener un arma para detenerme. Los proyectiles picaron un poco pero atravesaron mi cuerpo como si nada y aún así seguí avanzando. Una cosa es clara: si se te ocurre dispararme, te mato. Así de simple.

Era un mocoso raquítico, escuálido, que parecía chileno o uruguayo, aunque las cercanías con la frontera chilena, podría confirmarme lo primero. Estaba jugando con la pistola sin hacer el menor gesto de discreción. Para los humanos, soy una autoridad competente. Pertenezco a una de las fuerzas con más prestigio del país. Sin embargo, este muchacho se me rió en la cara cuando le regañé. No tuvo mejor idea que dispararme como si fuera nada. Claro, el pobre creía que podía llevarse el mundo por delante.

Me alegré tanto al ver que su actitud cambió drásticamente cuando me acerqué a él. Estaba como para mearse en los pantalones, me llego a dar lástima por segundos. Pero mi humanidad es algo que suele apagarse fácilmente. Mi monstruo interior siempre gana. Corrió, intentó huir, se metió en uno de esos contenedores de basura que hay en los callejones. Con un golpe, le arranqué la pistola de la mano y con otro, le metí el puño en los intestinos.

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En su cara se dibujo esa expresión de “oh” y dolor que tanto me encanta. Se derrumbó con un curioso sonido que me provocó excitación y más adrenalina. Es como el sonido de un pájaro escuchado por su depredador. Le saqué la mano y estaba manchada de sangre y lo que sea que ese imbécil haya comido la noche anterior. Eso me quitó las ganas de vaciarle las entrañas. No me apetecía ni una gota de su sangre.

Me limpié como pude, me incliné sobre él y comencé a hablarle. Como si realmente me importara su vida…

“Escucha, imbécil, infeliz”, le comencé a decir. “Estás muerto. Desde el momento que te atreviste a dar el primer gatillazo, está bien, te entiendo. No sabías lo que era, lo que soy. No lo comprobarás tampoco. Pero voy a ofrecerte un trato. Antes, cuando vivía, solía ir a la iglesia. Y siempre pensé que la confesión era un buen camino para liberarnos de nuestras miserias y estar en paz con nosotros mismos… así que te voy a dar 10 segundos para que te confieses contigo mismo y después te voy a sacar de tus miserias. ¿Entendiste?”

El desangrado muchacho, asintió y comenzó a rezar. Yo comencé la cuenta regresiva…