La desconocida

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Me siento en el balcón del quinto piso y pienso que puedo verlo todo. Y por allí va la extraña señorita de siempre caminando con rapidez con la mirada pérdida y los labios curvados. ¿Qué se esconde tras ella? Su melena cae en forma de cascada sobre su espalda moviéndose de un lado a otro al compás de su ritmo acelerado.

Como de costumbre, a la vuelta de la esquina se para justo delante de la vidriera de la joyería y contempla con la mirada el interior. Luego, vuelve a emprender hacia a su destino. Dos manzanas más abajo, esquiva a la muchedumbre apurada que sale de la boca del subte.

Entonces, al cambiar de vereda, se pierde, donde mi vista no alcanza, donde no llego a oler su delicioso aroma y no puedo oír el repique de sus zapatos al pisar las flojas baldosas de Buenos Aires.

Así pasan las semanas y todo sigue igual. Ella recorre el mismo trayecto a la misma hora y yo la observo de manera silenciosa desde mi pequeño balconcito. Hasta que pasa un año y ella no aparece, llega tarde a nuestra cita diaria y yo me preocupo.

Y me arrepiento, ojalá me hubiera atrevido a saludarla e informarla sobre mi existencia. Pero no fui capaz, soy un cobarde y un estúpido. ¿Qué creía? ¿Que podría disfrutar toda la vida viéndola pasar una y otra vez para siempre? Ingenuo, estúpido…

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Pero entonces algo hace que levante la vista y abra los ojos sorprendido. Es ella, ha vuelto mi chica de melena oscura y mirada altiva. Pero… algo ha cambiado; hoy no está delante de la joyería, sino delante de un pequeño cartel que colgaron hace un par de días. No importa, hoy por fin hablaré con ella y la conoceré. A lo mejor mañana estaremos cenando juntos en ese restaurante de la esquina. Demasiado tarde… se ha ido. Bueno, mañana volverá a pasar.

Pero de repente, un grito aterrador rompe la tranquilidad de la avenida Las Heras. Me dirijo hacia el lugar de los hechos para averiguar que ha pasado y se me oprime el corazón. Voy corriendo hasta donde yace su cuerpo, casi sin vida. El rojo de su sangre me mancha la remera y los brazos. Ella fija su mirada en la mía, negro contra negro. Sonríe y escupe algo de sangre por la boca al intentar decirme algo. La cabeza me da vueltas y estoy tratando de contener los nervios esperando una ambulancia.

La gente grita y se amontona a nuestro alrededor y se comienzan a escuchar sirenas. Pero ella vuelve a abrir la boca y yo sólo presto atención a sus palabras sin importarme el resto: te estaré esperando. Y el peso de su cabeza cae inerte sobre mis manos.

No puede ser… Esto no me puede estar pasando a mí, se ha marchado llevándoselo todo. Me levanto y me voy de ahí, pálido como la muerte que rápidamente se la ha llevado. No tengo nada por lo que luchar ni por quien vivir. No vale la pena seguir así ¿Cómo una alma en pena lamentando la muerte de alguien a quien tan siquiera pudo llegar a conocer?

No encuentro razones para continuar luchando por algo irremediable. Es tiempo de moverte, de hacer algo, tiempo de dejar de pasar los días, dejar de postergar. Por una vez en tu vida y sé capaz de hacerlo.

Y allí me encontraba, a medio metro del balcón. Inspiro hondo mientras le doy una larga calada al cigarrillo, total el tumor está acabando lentamente con mis pulmones. Y sin pensármelo dos veces, salto. Y me dejo caer, desde un quinto piso, con los ojos cerrados. Y por mi mente pasan mil imágenes pero yo las rechazo todas, buscando la mejor: tu sonrisa.

A veces no hay segundas oportunidades, a veces es ahora o nunca.