Y como cada día…

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La alarma del celular lucha cada día con el sueño que todavía no se va, lamentablemente la que siempre gana es la obligación. Levantarme rápido corriendo al baño, cepillarme, correr a la habitación, cambiarme, planchar el uniforme si aún no está planchado y claro, ¿si no lo hago yo quién lo va a hacer? Correr a desayunar, comer lo primero que pudiera servir de desayuno, mirar la hora cada 5 segundos para pretender que no voy a llegar tarde. Preparar la mochila, lustrar los borceguíes y correr al baño a peinarme y perfumarme.

Correr a agarrar la mochila y bajar corriendo las escaleras para ir lo más rápido posible a tomar el colectivo. La misma gente que me ve todos los días, la misma que gente que no me interesa si está todos los días.

Cuarenta minutos de viaje. Tiempo que gasto en escuchar música, tweetear un rato y revisar las notificaciones en FaceBook, tontamente pensando que durante las 4 hrs que dormí, habría algunas significativas.

Llego al trabajo y observó como los demás con gestos adormilados van aguantando cada minuto, sin intentar dormirse o caer en la tentación de recordar que nos esperan 24 hrs de trabajo. Saludo y me voy al fondo, aún quedan unos 10 minutos antes de empezar el turno y siempre intento gastarlos en soledad, la soledad que antecede a la tormenta.

Algunos me miran preguntando de qué me río, porque sin darme cuenta sonrío solo. ¿Nunca les paso? Esa risa tonta que se les escapa cuando creen que nadie los ve y recuerdan a esa persona. Hay algunos coworkers con la mirada fija, inexpresiva… Aburridos, con sueño, despreocupados, egoístas.

Lo único seguro en sus miradas, es que no puedes confiar en todos porque sabes que la mayoría te van a fallar. Que cuando preguntes algo directamente y te miran con descontento apartando rápido la mirada, por miedo a ser descubiertos, te confirma esa idea.

Comienza el turno y comienza lo que me gusta y por lo que vivo. El control aduanero. Sé que no voy a estar para siempre acá, porque mis habilidades y mi profesión son tan amplias que puedo hacer tantas cosas. Pero por ahora, estoy acá y tengo que vivir por esto.

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Entre tanta gente, tantas cosas, tantas situaciones por resolver que siempre aparecen… está esa persona que siempre me avisa cuándo está por llegar, esa persona cuyos ojos no puedo evitar perderme observando su profundidad y deseando que me dirijan una fugaz mirada para decirle, o más bien mostrarle, que me tiene hechizado porque, aunque aún no se haya dado cuenta, son mis propios ojos también. Y daría lo que fuera para saber qué esconde detrás de esos ojos porque nada más importa.

Así día a día y poco a poco encuentro la complicidad hasta conocer a quien yo creía que era. Y siento que tan sólo mirándome puede saber qué sacrifico para hacerle un bien pero parece no importarle. De repente, todos los días es lo mismo, algo cambia. Sólo quedan miradas frías y rencor. Ojos apagados y distantes que ya no me dicen nada, ni me buscan. Ojos que acaban ignorándome por la calle porque solo le conviene ser mi amigo cuando estoy en el control.

Algo de tiempo pasa y reconozco esos ojos porque jamás podría olvidarlos, eran lo único que me mantenía vivo mientras todos estaban muertos a mi alrededor. Porque sé cada detalle, cada arruga de esa cara, de esos ojos. Y cuando los veo achinarse, es lo que más duele, como si de diez mil puñaladas se tratase, porque me acuerdo que alguna vez lo habían hecho pensando en mi y que jamás volverán a mirarme así… al menos hasta mañana, cuando vuelva a estar en el control aduanero.-